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Investigación y Postgrado

versión impresa ISSN 1316-0087

Investigación y Postgrado v.18 n.2 Caracas oct. 2003

 

LUIS BELTRÁN PRIETO FIGUEROA:

PARADIGMA DEL EDUCADOR

INTEGRAL

Eduardo Rivas Casado

(UPEL-IPC)

erivasc@cantv.net

Eduardo Rivas Casado

Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas, en la especialidad de Castellano, Literatura y Latín, Especialización en Supervisión Educativa, Postgrado en Planeamiento Integral de la Educación y en Programación del Desarrollo Económico y Social. Ha ejercido la docencia en todos los niveles de la educación. Fue Director de la Oficina de Planeamiento Integral de la Educación, Miembro del Consejo de Consultores del Instituto Internacional de Planeamiento Educativo de la UNESCO (IIPE) París, Francia. Ocupó el cargo de Especialista principal del Departamento de Asuntos Educativos de la OEA, en Washington y de Subdirector Auxiliar de ese mismo Departamento. Fue Director Adjunto de la Oficina de la OEA en Venezuela. Asesor del Ministerio de Educación en Asuntos Internacionales y también Asesor del Rector de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Correo electrónico: erivasc@cantv.net

El siglo XX es uno de los períodos de más sostenido progreso que ha tenido Venezuela en el campo de la educación, la ciencia y la cultura en general, durante el largo espacio correspondiente a su vida republicana. Es tal la importancia y trascendencia de los hechos ocurridos en estos cien años, que sus consecuencias repercutirán siempre en nuestra historia de manera significativa, no tanto por su cantidad y diversidad, como por las positivas repercusiones que tuvieron en la consolidación de nuestro proceso de transformación, en todos los órdenes del acontecer nacional. Estos cambios socioculturales y políticos vividos por nuestra sociedad durante dicho siglo guardan estrecha relación de causalidad con el progreso que alcanzó el sector educativo a partir del año 1932 o, para ser más preciso aún, desde 1936, cuando los maestros decidieron organizarse gremialmente. Es a partir de entonces cuando la sociedad comienza a tomar conciencia sobre la importancia de la educación como función decisiva para lograr cualquier propósito de cambio o de renovación nacional.

Las condiciones de atraso reinantes a principios del siglo XX en el país y la poca disposición política de la dictadura gomecista para mejorarlas, hacían nugatoria cualquier intención orientada a promover cambios en cuanto a las ideas y actitudes prevalecientes en la sociedad. Por esta razón, la lucha emprendida por parte del grupo de educadores interesados en promover aquellas transformaciones pasó a significar una tarea de gran responsabilidad, que exigía firmeza de voluntad y mucha convicción para asumir, sin dobleces ni vacilaciones, la defensa de los principios sustentadores de tan justa aspiración. En tal sentido, los maestros y educadores interesados en plantear soluciones renovadoras, no sólo estaban convencidos de la pertinencia de sus intenciones y de la imperiosa urgencia de elevar el nivel educativo de la población; ellos también tenían plena conciencia de que era la única forma de enfrentar el analfabetismo y la insalubridad, que constituían los dos grandes enemigos a vencer, como condición previa para intentar cualquier otro propósito de superación. Apoyados en esa razón y fortalecidos por tan firme convicción, decidieron emprender su revolucionaria cruzada de cultura, gracias a la cual, finalmente, Venezuela pudo entrar al siglo XX, sólo después de un largo atraso de 36 años, como bien habría de afirmarlo después Mariano Picón Salas, con la autoridad que le daba su condición de protagonista de esa gran revolución cultural vivida por el país en esos años, como uno de los principales valores del pensamiento nacional, cuyo talento estuvo siempre al servicio de las mejores causas del progreso y la cultura.

Aquellos venezolanos a quienes, en los comienzos del siglo, correspondió levantar la bandera de la educación como símbolo emblemático del nuevo rumbo que tomaría la nación en su marcha hacia el futuro, han pasado a ser en el presente, los principales próceres civiles de esta otra gran epopeya nacional que fue la gesta en pro de la libertad de pensamiento, de la salud y de la elevación del nivel cultural y científico del pueblo venezolano. Después del tiempo de nuestra lucha emancipadora, durante el cual hubo extraordinarias iniciativas intelectuales, en las que muchos de los ideólogos y libertadores demostraron su indiscutible capacidad para crear la República y proyectarla hacia el futuro, debidamente sustentada en la moral y las luces, los casos de figuración por alguna actuación significativamente destacada en el escenario nacional, ocurridos particularmente en el campo de la educación, con algunas honrosas excepciones como la del doctor José María Vargas y, quizás la de Guzmán Blanco, por la promulgación del Decreto de Instrucción Popular Gratuita y Obligatoria, no fueron muchos. En el siglo XX, en cambio, los actos de tal naturaleza, tanto cuantitativa como cualitativamente, constituyen una proporción muy significativa y su repercusión en el progreso de la educación, la ciencia, la cultura y la  tecnología, han tenido tal relevancia en cuanto a la profundidad y trascendencia intelectual de sus efectos en la vida nacional, que evidencian de manera indiscutible su positiva influencia en el proceso de conformación de las ideas y de los valores que condujeron a la consolidación y fortalecimiento de la identidad social, política y cultural del país. Fueron muchos los hombres cuyas obras contribuyeron a proporcionarle a la Nación uno de los más importantes logros que haya alcanzado alguna vez el pueblo venezolano, cual fue aquel de tomar conciencia sobre la importancia de la educación, como única forma digna para superar de manera permanente los graves desniveles socioculturales padecidos por la colectividad en general. Sólo después de haberse logrado enraizar este principio en la conciencia nacional, resultó viable el propósito de luchar para que el pueblo mantuviera una ejemplar actitud y una perseverante voluntad, a la hora de aspirar a tener, como justificación primordial de todos sus esfuerzos, una Nación que sustentara su poder y su grandeza en los valores culturales y en el talento y la capacidad de producción de sus habitantes.

En Venezuela, estas ideas transformadoras de la sociedad, a través de la elevación del nivel cultural del pueblo, fueron liderizadas por dos jóvenes educadores margariteños, cuya indiscutible sensibilidad por el progreso de la educación, los impulsó a organizar en 1932, la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria (SVMIP), como institución de carácter estrictamente intelectual, dedicada al estudio de las ideas y movimientos pedagógicos que, para la época, ya tenían positiva acogida en algunos países de Europa y en los Estados Unidos. Se trata de los maestros Miguel Suniaga y Luis Beltrán Prieto Figueroa quienes, para compartir mejor las novedades de las informaciones procedentes del exterior sobre la Escuela Nueva, se dispusieron a crear pequeñas agrupaciones de estudio, con el fin de analizar las noticias e ideas procedentes del exterior, que aparecían en las publicaciones llegadas a sus manos desde otros países. Estos círculos estimularon la organización de la SVMIP y, a través de ella, los demás educadores del país se beneficiarían con información precisa y actualizada, sobre las corrientes que estaban revolucionando la educación en otras partes del mundo, como era el caso del movimiento de la Escuela Nueva, liderizada principalmente por los pedagogos de la Escuela Activa, tales como John Dewey y Kerschesteiner en los Estados Unidos y Ovidio Decroly y Jean Piaget en Europa. Luis Beltrán Prieto y Miguel Suniaga, al crear la SVMIP asumen entre sus tareas fundamentales, la de llevar a cabo un trabajo de motivación e intercambio intelectual, destinado a captar adeptos entre los educadores jóvenes del país, para indagar y discutir sobre aquel proceso de renovación pedagógica que, para la época, era casi desconocido entre los educadores venezolanos. Por tal razón era imperativo constituir pequeños círculos de lectores que analizaran, tradujeran y difundieran toda la literatura que se recibiera, con el fin de mantener debidamente informados a los miembros de la SVMIP. Así nace en Venezuela, la primera organización de maestros, cuyo crecimiento comienza a hacerse sentir cada vez más, dada la fuerte motivación intelectual que la justificaba y el permanente interés de los maestros del país por superar su formación profesional y poder prestar un mejor servicio a la educación. Cuando el número de representaciones de la SVMIP alcanzó una proporción significativa a nivel nacional, surgió la necesidad de revisar su estructura e infundirle una organización más dinámica y mejor identificada con los deseos de llevar a cabo funciones específicas dirigidas al bienestar de los maestros, de la cultura y de los niños. Para concretar este propósito, se convocó en agosto de 1936, la Primera Convención Nacional del Magisterio Venezolano, celebrada en Caracas entre el 25 de agosto y el 5 de setiembre de dicho año. Este evento constituyó la primera movilización nacional de profesionales, realizada en el país hasta esa fecha. Su éxito fue tan rotundo, que dio paso para impulsar la conveniencia de imprimirle carácter gremial a la anterior Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria, aspiración que al fin se concreta con la creación de la Federación Venezolana de Maestros, cuyo primer Presidente sería el doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Esta Primera Convención Nacional del Magisterio no sólo abordó como puntos de su temario la consideración y análisis de los graves problemas confrontados entonces en el campo de la educación, la sanidad y la protección social y jurídica del niño, así como de otra serie de aspectos de índole política, económica y social, concernientes al maestro y a la sociedad en general, sino que acordó  plantearse un ambicioso programa de trabajo, del cual derivarían acciones inmediatas por cumplir, tanto por las autoridades correspondientes del país, en cuantas tareas eran de su competencia, así como también por la propia Federación Venezolana de Maestros. Aquel era un momento en el cual la Nación entera vivía la euforia del renacer democrático y, en el mismo, se alentaba la esperanza de un futuro promisor que, en todos los órdenes de la vida, fortalecía el optimismo de los sectores preocupados por el progreso del país. Dentro de éstos, el magisterio asumió un gran protagonismo en dicha empresa; percibió que su naciente organización no podía ser sólo una instancia para las declaraciones, los reclamos y las aspiraciones, sino, por encima de todo, lo sería para la asunción de responsabilidades y para liderizar hasta sus últimas consecuencias, el alcance de sus propósitos. Consecuente con esta realidad, el doctor Prieto Figueroa, cuando prestó su juramento como primer presidente del gremio, lo hizo con la firme convicción de que, en ese momento estaba asumiendo, de igual modo, el compromiso de lucha por una causa con la cual estaba plenamente identificado y de cuyo futuro no podría desprenderse. Así lo dejó traslucir en la apasionada exaltación hecha en el discurso pronunciado en el acto de clausura de aquella histórica Primera Convención Nacional del Magisterio:

Maestros de Venezuela, compañeros convencionales: La labor es ardua, pero de nuestra unión y de nuestra pujanza dependerán los éxitos que alcanzaremos; que ni el fracaso momentáneo, ni la gritería de los retrógrados inconformes y obtusos, ni la injusticia de hoy desvíe vuestras intenciones, porque el futuro es nuestro, y entonces habrá justicia, y en vez de fracasos habrá triunfos y el maestro paria será el redentor, y el maestro pisoteado y abatido se levantará de su postración para marchar al frente de las generaciones creadas por su esfuerzo, plenas de humanidad y con un sentido nuevo de la vida. (Prieto Figueroa, 1932, p. 142)

Esta Convención terminó sus deliberaciones apenas ocho meses después de la muerte de Juan Vicente Gómez ocurrida en 1935, pero los frutos de su trabajo fueron tantos y tan significativos en términos de trascendencia social, política y cultural, que pareció haber sido un evento programado con mayor anticipación. Su convocatoria ocurrió como otra más de las positivas inspiraciones de aquellos sectores representativos de la sociedad que, en su deseo de hacerse sentir de manera directa y responsable, entre quienes estaban interesados en promover los cambios esperados para garantizar una justa conducción de los destinos del país, no vacilaron en poner en marcha la idea de una reunión de alcance nacional, como primera demostración de su capacidad de convocatoria, después del largo paréntesis de silencio y resignación impuestos por la dictadura. Ellos quisieron encontrarse para conocerse y saber cuántos eran; con qué recursos podían contar para intentar los cambios concebidos a través de sus lecturas sobre la evolución de la educación en el mundo; qué disposición había para dialogar y asumir posiciones compartidas en pro de los cambios sociales requeridos por el país. Las numerosas motivaciones de esta convocatoria no sólo encontraron respuestas satisfactorias en las deliberaciones de la Primera Convención Nacional del Magisterio, sino que pusieron en evidencia un potencial de inquietudes, cuya dimensión superaba considerablemente, los cálculos previstos en la tímida correspondencia que invitó a los maestros a participar en dicho encuentro. Por esa razón, fueron muchas las sorpresas en aquellas jornadas; pero quizás las menos esperadas, además de la voluntad para ocupar casi el doble del tiempo previsto para el evento, fueron las actitudes tan firmes que ocurrieron para demostrar hasta dónde estaban dispuestos a comprometerse los maestros, en su propósito de participar, a través de la educación, en la definición del futuro del país. Todos se esforzaban por demostrar la importancia de su participación en aquel proceso de transformación y tomaban conciencia del rol que les correspondía desempeñar para hacer que el país despertara y se ubicara dentro del nivel de progreso propio del resto del mundo, al margen del cual vivía la Venezuela de entonces, debido a su débil participación en los adelantos culturales, políticos, sociales y científicos, propios de los países de Europa y de muchos de América.

La calidad y trascendencia de los acuerdos y propuestas aprobados en esta Primera Convención Nacional del Magisterio Venezolano han tenido alcances tan decisivos en el mejoramiento de la educación que,  aún con todo el progreso propio de los tiempos actuales, la visión de modernidad y las ideas progresistas manejadas en aquel evento, justifican su evocación, como uno de los acontecimientos de mayor repercusión en la transformación social, política y cultural del pueblo venezolano. Con la excepción de los grandes esfuerzos iniciados durante el período de ideologización pedagógica que protagonizó el magisterio agrupado en la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria, a partir de su creación, el 15 de enero de 1932, no ha habido en Venezuela ningún otro movimiento de profesionales del magisterio, que se pueda igualar en trascendencia al que, en 1936, bajo el liderazgo del doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, culminó con la creación de la Federación Venezolana de Maestros. La imagen más reveladora del estado de atraso prevaleciente en la educación del país, para el momento de realizarse esta primera Convención Nacional del Magisterio Venezolano, la da el propio Director de Educación Primaria y Normal del Ministerio de Educación, el eminente profesor Pedro Arnal, quien asistió a dicho evento en representación del respectivo Despacho y en su intervención, durante el acto de clausura, además de reconocer y valorar como muy positivas las recomendaciones y acuerdos de la Convención, hace una afirmación de esta importancia: “Y volviendo ahora a nuestra escuela, debo decir de una manera categórica, con la convicción de casi 20 años de continuo laborar y para que quede constancia especial de ello, que en Venezuela no existe la Escuela Nacional y que es necesario que todos aprovechemos las ya comprobadas buenas intenciones de un Gobierno que comienza, para crear la escuela venezolana.” (Ibid., p. 32). Como puede apreciarse en la afirmación precedente, en razón de la credibilidad y autoridad profesional del funcionario que la hace, ésta constituye una evidencia muy importante sobre el estado de nuestra educación y la grave inexistencia de valor institucional en la escuela de entonces. Son tales testimonios, junto con las demás realidades abordadas en las deliberaciones de aquella institución gremial que se constituía en ese momento, los que dieron sustentación para presentar el respectivo plan de acción que se aprobó previamente para regir las acciones que cumpliría el gremio en un futuro. De igual manera, fueron estos mismos hechos los que insuflaron fe y fortalecieron la voluntad del doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, para iniciar el largo y fructífero recorrido de su apasionado magisterio.

A partir de aquel momento, la Escuela Nueva continuaría siendo una motivación importante para mantener vivo el interés de los maestros, en el sentido de luchar unidos, por su pronta concreción en el país. De este modo se fortalecería tanto la recién nacida Federación Venezolana de Maestros, que su influencia trascendería hasta los demás trabajadores del país e impulsaría también en ellos, el deseo de agremiarse y de organizar su propia Convención. Al prestar este apoyo, el magisterio adquiere un alto nivel de prestigio. El doctor Prieto Figueroa interpretaría esta responsabilidad con tal propiedad, como para no desviar su intención de transformarla en fuerza impulsora de los principales cambios que experimentaría el pueblo venezolano en el orden político, social y cultural a partir del año 1936. La Convención recién concluida acentuó la fe de los maestros en la pertinencia de aquellos principios de renovación educativa, por cuya pronta aplicación acababan de contraer el solemne compromiso de luchar sin tregua, hasta ver los resultados satisfactorios de su correcta aplicación. Les dio fortalezas para crear una ilusión de país sustentado en los poderes de la educación y, al mismo tiempo, los hizo tomar conciencia del rol que debían desempeñar en hacer realidad aquella esperanza. En definitiva, les proporcionó un ideal y, en el mismo, una causa justa por la cual ofrendar con dignidad cuantos sacrificios exigiera el ejercicio de la profesión.

De allí en adelante, los maestros no se detendrían en el alcance exclusivo de sus aspiraciones profesionales. Se empeñarían en ser también, los principales abanderados en la búsqueda de la superación socioeconómica y cultural de la sociedad, a través de la educación, para hacer realidad el paradigma de país que se habían propuesto: sano y sin analfabetos; con una niñez y una juventud bien protegidos contra aquellos abusos que, ya por ignorancia o por maldad, atenten contra su personalidad o su integridad física y moral; con una clase trabajadora en pleno disfrute de su derecho a pensar y expresarse con libertad y a hacer uso apropiado de su derecho de agremiación; con capacidad para organizarse y luchar por reivindicaciones sociales y económicas justas; con un magisterio consciente de la necesidad de estimular en la colectividad, el interés para aprender y sentirse orgulloso de practicar siempre su profesión, con manifiesta vocación de servicio en pro de la colectividad. El cumplimiento de esta responsabilidad impuso una difícil decisión que asumió orgulloso el doctor Prieto, cuando aceptó conducir al gremio, a sabiendas de que debía librar una lucha de consecuencias impredecibles. No se trataba de enfrentar a un enemigo, sino de hacer cambiar una actitud; de crear una conciencia e implantar una cultura en la que el pensamiento y la razón trazaran las pautas del comportamiento individual y colectivo de todos los ciudadanos. Era la gran oportunidad de demostrar la importancia del quehacer educativo en la conducción y orientación de la sociedad, hacia el alcance de sus fines de superación permanente. Ese rol sólo podía cumplirlo quien, como él, poseyera un evidente liderazgo pedagógico. La ocurrencia de estos hechos, al juntarse con la fortaleza impartida por la pertinencia de sus ideas contribuyó en su disposición de no dejar pasar la invalorable oportunidad que las circunstancias le ofrecían. En virtud de tales motivos, su perseverancia no sólo no se debilitará, sino que se acrecentará aún más, hasta impulsarlo a mantener una actitud, cada vez más decisiva, en el progreso de la educación y del desarrollo cultural de la Nación. Esta vocación de servicio público se manifestará en él, como facultad inherente a su natural condición de educador; por eso se desenvolverá siempre tan distante de todo interés de protagonismo personal, como jamás lo haya hecho en tan altas jerarquías, venezolano alguno, en el largo y prolífico período de enseñanzas cumplido durante el ejercicio de su fecundo magisterio.

Pese a las múltiples ocupaciones que llenaron el espacio de actuación de Prieto en las diversas tareas desempeñadas como servidor público, la idea más generalizada en el pueblo, sobre su quehacer en la vida, es aquella que lo identifica como educador. Esta visión es explicable, por cuanto la educación representó para él, como ninguna de las otras muchas responsabilidades asumidas durante el tiempo de su actuación pública, la inquietud que, con mayor claridad perceptiva e ideológica, condicionó su desempeño, durante el convulsionado y complejo torbellino que, en el ámbito político, social y cultural rigió el comportamiento del país, durante el siglo XX. La fortaleza intrínseca de la estructura intelectual del pensamiento de Prieto adquirió cada vez mayor intensidad, en la misma medida en que sus inquietudes profundizaban más sobre el conocimiento de la situación educativa del país y sus repercusiones en el proceso de transformación del hombre y, por ende, de la sociedad. Tales reflexiones lo hicieron perseverar con mayor confianza y firmeza, en la pertinencia de su posición optimista sobre la importancia de la educación. En conformidad con la misma, todo cuanto Prieto hizo en la vida, aun sus realizaciones más triviales, si es que alguna vez las hubo dentro de esta categoría, estuvo inspirado en una intencionalidad o un estímulo impulsado por su firme convicción sobre el poder transformador de la educación, como única fuerza capaz de hacer factible la aspiración de un hombre libre, sabio, probo, justo, digno, capaz y apto para hacer cualquier sacrificio en pro del bienestar de la patria.

Dentro del contexto de los diversos comportamientos que son exigibles para definir el prototipo de un maestro integral y teniendo en cuenta las reflexiones precedentes, Luis Beltrán Prieto Figueroa realizó, desde el punto de vista de su trayectoria como educador e intelectual, una de las más destacadas contribuciones que venezolano alguno haya logrado cumplir durante el transcurso de los últimos cien años. En dicho lapso fueron tantos y tan diversos sus aportes a la consolidación del desarrollo sociocultural y político del país que, no sólo no cesaron un instante, sino que se mantuvieron en permanente consecuencia con los grandes propósitos característicos de su condición de educador desde los tiempos iniciales de sus luchas. Por esta razón, en el ejercicio de ese prolongado magisterio, fueron muchas las obligaciones en las cuales concentró el desempeño de sus funciones de hombre público. Tales responsabilidades no debilitaron nunca los cuidados requeridos para atender debidamente su condición de educador y, por el contrario, más bien lo impulsaron a continuar con mayor denuedo y firmeza, en su empeño de mantener la orientación que, desde mucho antes, ya identificaban los objetivos de sus luchas con las más modernas ideas en pro del mejoramiento cualitativo y la actualización del sistema educativo nacional. Esto explica la profundidad y diversidad temática que, desde el punto de vista intelectual, abarcó el ejercicio de su magisterio, el cual, con el fin de analizarlo con mayor precisión, podríamos considerar a través de las tres facetas siguientes: el educador integral; el educador como escritor y comunicador y la del educador humanista y político.

El educador integral

El periplo de su carrera de educador empieza a los 18 años, en la Escuela Federal Graduada “Francisco Esteban Gómez” de La Asunción, su ciudad natal. Es a partir de ese momento, cuando comenzarán a despertar las primeras ilusiones que alentarán la creciente pasión de su carrera educativa, al iniciarse como maestro de 5° Grado, en las mismas aulas donde, hasta muy pocos años antes, había ocupado asiento en condición de alumno regular. Durante el ejercicio de esta atractiva misión, en cuyo desempeño se mantuvo desde el año 1920 hasta 1925, cuando se vio en la necesidad de retirarse para viajar a Caracas con el fin de proseguir estudios de secundaria, pudo vislumbrar, con inequívoca precisión, cuál sería la vocación que impulsaría el rumbo y la orientación de sus luchas hacia el porvenir.

A partir de entonces comienza un largo proceso de generación, maduración y difusión de ideas, en aras de encontrar aliento para aquella intensa pasión de servicio que, aún desde muy joven, predominó en él como rectora de su voluntad y como principal estímulo en la determinación de la orientación que caracterizaría sus luchas por el resto de su vida. Así se explica su temprana vocación de maestro y el alentador impulso con el cual procedía siempre, cuando trataba de alcanzar, a través de la educación, el bienestar permanente de la sociedad. De ahora en adelante, sus esfuerzos estarán orientados a defender y mantener la vigencia de aquellos propósitos ya definidos, mediante los cuales aspiraba hacer realidad su empeño por mejorar las condiciones de vida social y cultural de la colectividad. Pero a todo esto se impondrá aquella firmeza de inquebrantable fe que siempre tuvo en sí mismo, para impedir que nada interfiriera con su idea de asumir la función de enseñar como responsabilidad rectora de sus demás actuaciones de servicio público. Esta actitud respecto al comportamiento en la docencia, cuyo ejercicio fue siempre para él un estímulo placentero, lo llevó a mantener una continuidad presencial tan larga en su desempeño que la extendió en forma ininterrumpida hasta el año 1978 cuando, finalmente, culmina con sus obligaciones como Profesor Titular de la Cátedra de Filosofía de la Educación, en la Universidad Central de Venezuela.

Esa actividad profesional, que sin lugar a dudas constituyó la ocupación a través de la cual canalizó también muchas iniciativas inspiradas por el ejercicio de su liderazgo gremial, representó de igual modo, una función muy eficaz para alcanzar presencia activa y provechosa a la hora de apoyar el cumplimiento de gran parte de las obligaciones a través de las cuales debían manifestarse las fortalezas de su liderazgo magisterial. Por eso siempre para Prieto, el gremio constituyó, desde los inicios de su lucha en favor de la universalidad de la educación popular, un recurso de inigualable prioridad e importancia para asegurar una justa elevación de los niveles de vida y la defensa de los derechos del maestro. Sobre todo pasó a ser el medio más eficaz, a la hora de garantizar el resguardo de su dignidad y la elevación de su nivel sociocultural, dentro de aquella sociedad de los años treinta, para la cual, el maestro continuaba siendo la cabeza de la servidumbre de la aristocracia. Por tal razón, asegurarse el apoyo de una instancia gremial, debidamente identificada con sus propósitos, cuando le correspondía encaminar esfuerzos en aras de alcanzar una satisfactoria respuesta a las grandes dificultades confrontadas por la nación en el área social y cultural, era también en aquellos momentos, para Prieto, un logro de indiscutible provecho a favor del mejoramiento de la educación popular. Cumplido en forma satisfactoria el deseo de la agremiación, el niño, el maestro, la escuela y la cultura, pasaron a representar motivos prevalecientes en la lucha del gremio y ocuparon posición privilegiada dentro de la sociedad. Estos cuatro componentes constituyeron la gran prioridad. A partir de entonces, fueron los símbolos emblemáticos de una motivación muy poderosa, con la cual Luis Beltrán Prieto Figueroa mantuvo siempre en alto el espíritu de lucha que alentó su optimismo, cuantas veces fue requerido en las más diversas e importantes circunstancias de su vida.

En correspondencia con tal sentimiento, Prieto hizo converger hacia estos aspectos, la más fuerte intencionalidad de sus desvelos. Fue precisamente en esos cuatro componentes donde, en todo momento, él centró los esfuerzos más intensos de su apasionado magisterio. Creció tanto el fervor puesto en ellos, que los eternizó como paradigma de lucha en el lema “Por el niño y el maestro, por la escuela y la cultura”, que adoptó la Federación Venezolana de Maestros en 1936, cuando él era su Presidente. Su consecuencia con dicha decisión no declinó en ningún momento de su vida y en esa posición mantuvo siempre su conducta, al consagrar su existencia al culto permanente de esas cuatro esencialidades del lema gremial hasta legarnos finalmente, como lección imperecedera de su fecunda obra, ese permanente ejemplo de dignidad que fue su vida.

Desde aquellos tiempos y fortalecidos por el cultivo y admiración de la honrosa tutela profesional que Prieto nos prodigó con su magisterio, fuimos muchos quienes, de una u otra manera, tuvimos el honor y el orgullo de permanecer fieles a su lección pedagógica, como participantes convencidos de las bondades de su romántica odisea liderizada con el protagonismo de la ejemplar conducta cívica que, en todos los tiempos, constituyó norma ejemplarizadora de su vida. Por esa razón en los tiempos actuales y como un testimonio elocuente de los alcances de esta identificación, resulta oportuna la siguiente confesión del maestro José Ramón Luna, quien fuera en vida, uno de sus más consecuentes discípulos. Así se expresa en el libro que le dedicara, cuando Prieto cumplió sus ochenta años:

En el ejercicio de la profesión de maestro de escuela, en la búsqueda del mejor camino para servir mejor, me encontré siempre con la opinión de Prieto, con la posición de Prieto, con el ejemplo de Prieto. Y ¿qué era lo que decía este majadero, cuál era la opinión de este empecinado, en qué consistía la posición de este contumaz? Sencillamente: la educación tiene que estar al servicio del pueblo, el maestro tiene que ejercer su derecho a ser un hombre libre, el hombre venezolano tiene que dar ejemplo de honestidad en todos sus actos, la lucha está planteada sin tregua entre la redención de los oprimidos y la odiosa pretensión de sus opresores, la democracia no puede ser juego de palabra embaucadora sino sistema y régimen que está al servicio de la comunidad, del país, del pueblo, para encumbrarlos y alumbrarles la senda de su elevación. La conjunción ética de toda esa predicación y la obra que ella me engendre será la Venezuela que los maestros de Venezuela quieran construir. Ese era su desideratum. Sin duda, un elevado contenido para un código de moral ciudadana y de legitimidad profesional vigente aún, de vigencia urgente, porque la consigna no se ha realizado todavía. (Luna, 1985, p. 143)

La intensa riqueza vivencial experimentada por Prieto durante su infancia, nutrió de tal manera la dimensión humana de su ser que ninguna responsabilidad, exigencia, lucha, dedicación o cualquiera otra actividad en su vida, impidió que el cumplimiento de sus compromisos pudiera hacerse sin esa apasionada actitud de quien siempre está alentado por la fuerza vivificante del amor. Amó y defendió la vida como la expresión más perfecta de cuantas manifestaciones de nobleza pueda llegar a demostrar la grandeza humana. Pero por encima de todas las cosas, la amó en esa suprema sensación de felicidad que se experimenta trocada en realidad, cuando se la percibe, hecha emoción, en los más puros sentimientos afectivos del hombre. La amó en sus identidades más queridas: sus padres, su esposa, sus hijos, sus nietos, su familia toda. La patria, el terruño natal, su geografía, sus personajes, sus amigos.

Fortalecido por tales sentimientos afectivos y movido espiritualmente por esa fuerza interior que lo impulsaba siempre a ver en el bienestar colectivo el mejor motivo de inspiración para sus luchas, tomó conciencia de que, cualquier intento de transformación de la sociedad, para ser viable y alcanzar trascendencia y continuidad en el tiempo, debía actuar directamente sobre el individuo. Porque sólo cuando el ser humano asume como comportamiento natural estas formas de conducta  que lo impulsan a mantener una creciente inconformidad creadora, surge el deseo de superación como inquietud permanente. Gracias a la firmeza de dichos principios, logró mantenerse consecuente en la convicción de revalorizar la importancia del hombre, como factor esencial de todo proceso de transformación social. Por eso perseveró en defender la necesidad de canalizar los esfuerzos del ser humano, primordialmente, hacia propósitos que permitieran alcanzar la superación de sus precarias condiciones de vida. En conformidad con esta posición, no llegó a vacilar nunca en la necesidad de orientar el rumbo de sus expectativas, hacia la meta del quehacer educativo. Es así como surge entonces, la gran oportunidad que, en los albores de su juventud, le proporcionan por primera vez las circunstancias en 1920, cuando le permiten desempeñarse como maestro de grado en la escuela Federal “Francisco Esteban Gómez”, de su ciudad natal. En tal ocasión actúa confiado en encontrar por esta vía, la más firme probabilidad de proyectar aquella apasionada inclinación a ser útil, a través de la cual siempre cultivó su natural inclinación hacia el servicio público. Perseveró en la observancia de esta conducta, apoyado en la certeza de que sólo mientras pudiera orientar los frutos de su empeño hacia la búsqueda de la superación integral del hombre, le resultaría factible alcanzar una identificación plena de su obra, con aquel infinito amor que en todo momento lo mantuvo comprometido con cuanto esfuerzo fuera necesario hacer en pro del bienestar colectivo. Consecuente con tal convicción, sólo quiso ser, por encima de cualesquiera otras aspiraciones, un educador integral; una persona dispuesta a asumir la educación, como el más provechoso camino a través del cual suelen prevalecer, de manera permanente, los ideales de superación del ser humano, para concretar así, desde los deseos más simples en los cuales cifra su esperanza cada pueblo, hasta las más complejas aspiraciones en las que proyecta la humanidad, sus expectativas de trascendencia.

Esa idea de mejorar las condiciones de vida del hombre a través de la elevación de su nivel de educación, constituyó siempre en Prieto una de sus más inquietantes aspiraciones. En correspondencia con la misma, nunca dio tregua al empeñoso deseo de aprovechar sus facultades de educador, con el fin de proporcionarle al país las condiciones indispensables que le permitieran elevar dignamente su nivel cultural. Desarrollar una educación con suficiente capacidad para satisfacer las críticas necesidades acusadas por el pueblo en este campo y al mismo tiempo permitir a sus hijos, la posibilidad de alcanzar un mínimo de formación para desenvolverse con autonomía entre todos los pueblos libres del mundo civilizado.

El poder conceptual de las ideas de Prieto como educador ha tenido una presencia tan decisiva y convincente en todos los actos de su vida, que no hay una sola manifestación suya en los demás campos del saber, dentro de la inmensa diversidad de aspectos en los cuales se desenvolvió su destacada y variada actividad de hombre público, en la cual no se perciba la presencia de su intencionalidad pedagógica como impulso rector y fortaleza definitiva de la casi totalidad de sus propósitos, ya en forma implícita o de manera expresa. Tanto en la actividad jurídica como en el campo político. En su actuación legislativa como en la lucha gremial. En los diversos aspectos de su dimensión literaria: el ensayo, la poesía, el periodismo, la oratoria. Por muy distantes que parecieran estar los asuntos sustantivos de los temas abordados, en todos estos campos, siempre parece discurrir como idea animadora de todos los asuntos que conforman la sustancialidad de sus principios, cierta sensación de orientación didáctica, en la cual suele hacérsenos presente, esa profunda fortaleza ética de su aleccionadora intencionalidad pedagógica. Es como si el maestro despertara en cada una de las metáforas de sus poemas o que estuviera presente en cada sentencia de sus libros, o que se hiciera anunciar en las opiniones de sus artículos de prensa, para infundirle al lector la seguridad de que cuando se está con él en la lectura siempre se anda por el buen camino.

Su magisterio como escritor y comunicador

Dieciséis años después de haberse desempeñado como maestro de grado en su ciudad natal y haber cubierto en Caracas, el periplo formativo de su carrera de abogado, Luis Beltrán Prieto Figueroa se nos presenta de cuerpo entero, en las que habrán de ser sus más trascendentes demostraciones de luchador social. Ahora su actuación no estará circunscrita exclusivamente a las paredes del aula. Las precarias condiciones socioeconómicas y educativas en las cuales se encuentra el país, lo obligan a no desperdiciar ningún medio ligeramente apropiado para ayudar al pueblo a combatir ese conformismo tan pernicioso, que ha permitido el predominio de tanta indolencia cultural. Por eso, con el fin de impulsar el deseo de superación de la sociedad y de proporcionarle estímulos que le permitan ejercer su derecho de ser informada y educada de manera satisfactoria y permanente realiza, a través de sus libros y de su actividad periodística, una labor de orientación pedagógica tan destacada que, en el fondo de sus mensajes y opiniones, no faltarán nunca los más elevados valores cívicos, morales y culturales, como corresponde a su natural condición de educador. Él siempre estará prodigando el aliento orientador de sus ideas a través de las cuales se perpetuará siempre, la fecunda lección que en todo momento ha caracterizado su condición de educador nato. Desde esta nueva tribuna del periodismo y de sus libros, surgirá su más directa forma de comunicación con la sociedad, hasta consagrarla como la más perdurable lección de su apasionado magisterio.

Esta muestra de su condición de educador comienza a revelarse en 1936, cuando nos entrega, en su primer libro, otra faceta de su vida de maestro, plasmada en la lección permanente de la palabra escrita. Se trata de una nueva trayectoria que se inicia con su obra Psicología y Canalización del Instinto de Lucha. Es ésta una publicación en la cual incursiona dentro de cierta temática social muy propia de la Venezuela postgomecista. En ella, Prieto plantea con indiscutible preocupación pedagógica, los riesgos previsibles para el futuro del país, si no se aborda de manera científica el estudio de las peligrosas manifestaciones de violencia presentes en algunos sectores de la sociedad, como desbordamientos de muchas tensiones reprimidas en la población, a causa de tantos años de represión padecidos durante la larga tiranía de Gómez. Dada su sensible actitud de educador, alza la voz a tiempo para advertir que, ante los impulsos desbordados de un pueblo reprimido durante veintisiete años, no son propiamente las medidas compulsivas las que puedan garantizar efectividad en las nuevas tareas hacia las cuales se aspira orientar al país. Cualquier procedimiento represivo que se adopte, en lugar de ser una respuesta apropiada para calmar o neutralizar la intensidad de la violencia, probablemente pueda transformarse más bien, en un estímulo para aumentarla, sin esperanzas de garantizar después mayores posibilidades de control, cuando las consecuencias generadas o desencadenadas por su causa, en el futuro inmediato o lejano, ya hayan tomado proporciones de calamidad irreversible.

Dentro del contexto de tales preocupaciones, es el propio autor quien explica en el prólogo de la segunda edición de su libro, en 1965, la fundamentación pedagógica que en aquellos momentos le daba validez a esta obra, así como también el alto grado de pertinencia educativa de la tesis sustentada en sus páginas. En aquel tiempo, esta posición asumida por Prieto era de indiscutible avanzada revolucionaria, como principio pedagógico, dirigida a enfrentar un posible riesgo de grave intolerancia a la hora de reprimir las reacciones violentas del pueblo y, principalmente, las de la juventud. Fue en prevención de tal riesgo, que insurgió el espíritu del educador yaciente en él, con el fin de dejar oír su voz en aquella valiente posición consagrada en las páginas de Psicología y Canalización del Instinto de Lucha. De este modo quiso dar a conocer la naturaleza humana del joven, al tiempo de poder plantear una interpretación muy bien razonada que permitiera corregir las desviaciones capaces de afectar la acertada conducción de las potencialidades y de las facultades positivas de la juventud venezolana, hacia un futuro más constructivo, próspero y feliz.

De este modo, Prieto Figueroa inició el largo y fecundo recorrido de su periplo de educador moderno, con esa insuperable lección de psicología social, cuya profundidad pedagógica trasciende cualquier otra consideración circunstancial sobre la materia. Desde los inicios de sus luchas como educador, se trazó la meta de actuar con todos los medios a su alcance, para ayudar al pueblo a encontrar caminos seguros hacia el porvenir, tal como lo demuestra en sus palabras iniciales del prólogo de la segunda edición de Psicología y Canalización del Instinto de Lucha. En tal sentido, él mismo nos ayuda a comprender mejor la intencionalidad y trascendencia que tuvo este libro desde su primera aparición, cuando ahora en 1965, en las primeras líneas del prólogo de la segunda edición, nos dice:

Este libro fue publicado en 1936. Salíamos de la tiranía de Juan Vicente Gómez, que había durado veintisiete años, y sobre el gobierno y las organizaciones pesaba la presión para que afirmaran la mano sobre el pueblo, a fin de que no se desmandara. Intuitivamente, las clases conservadoras reconocían que las energías, largo tiempo retenidas, ahora sin frenos limitadores, corrían entonces peligro de desbordamiento. El libro perseguía una finalidad, la de indicar a los dirigentes y a los dirigidos que la represión no suprime los impulsos agresivos, porque la energía soterrada de éstos busca salidas compensatorias, que al manifestarse trastornan toda la vida social y política. Se proponía también señalar un rumbo educativo que sustituyera la represión, construyendo canales para la energía combativa con el objetivo de aprovecharlos creadoramente (Prieto Figueroa, 1965, p. 13).

La tesis psicopedagógica sostenida por el doctor Prieto generó una positiva reacción, desde el momento mismo de su primera aparición en 1936. Sus planteamientos llegaron a ser los primeros llamados de alerta, con sustentación científica seria y suficiente, que se hicieron en el país, debidamente fundamentados en los enfoques psicoanalíticos que, para entonces, ya empezaban a tener cierta resonancia, debido al importante movimiento inspirado entonces en el campo de la psicología, por Jung y Freud. Un educador estudioso y actualizado, como lo fue siempre el doctor Prieto Figueroa, no sólo conocía y estaba al tanto de la teoría del psicoanálisis, sino que sabía interpretarla y aplicarla, como lo plantea en las “Advertencias” con las cuales introduce la primera edición del referido libro, para apoyar su posición contra la teoría del “Gendarme Necesario” el cual, como bien lo sentencia él mismo, no era otra cosa que:

La figura de la represión brutal, para acabar con lo que se ha dado en llamar la guachafita venezolana. Afirmamos lo contrario: la represión del gendarme es dañosa, porque impide la evolución gradual de nuestro pueblo, porque crea complejos de inferioridad, el miedo y el odio, que nada construyen y que contribuyen a separar a los hombres. (Ibid., p. 7)

Como bien podemos apreciar en esta obra y en los juicios que sobre la misma ya prevalecían en aquellos años, Prieto Figueroa es sin lugar a dudas, un indiscutible precursor que, con la más positiva sustentación pedagógica, dio comienzo en Venezuela a los estudios relacionados con la incidencia de la agresividad y la violencia en la conformación de la personalidad juvenil. La novedad y profundidad científica con las cuales aborda dicha temática, en su libro Psicología y Canalización del Instinto de Lucha, explican la amplia receptividad de dicha obra, al llegar a ser acogida con tan excepcional amplitud, en todos los círculos profesionales de la sociedad. Resultaron tan novedosos sus planteamientos, que llegaron a suscitar, por sus indiscutibles méritos, juicios muy positivos por parte de importantes educadores de América Latina, como fue el caso del profesor boliviano Carlos Beltrán Morales, en el “Liminar” de su primera edición, cuando afirmó:

Si la escuela ha de ponerse al servicio de la comunidad, de la patria, de la humanidad, tiene necesariamente, que romper los moldes que la anquilosan y que le impiden convertirse en institución de canalización de los instintos, de sublimación de ideales, de perfeccionadora de la personalidad humana. Y este tipo de escuela, hecha para “la vida creadora más que para la vida creada”, ya asoma en nuestra América y Prieto Figueroa nos la diseña nítidamente. Que el ideario de estas páginas sirva para que los maestros indoamericanos aprecien, una vez más, las responsabilidades que tienen contraídas con el porvenir (Ibid., p. 9).

Esta importante publicación, además de ser precursora de una nueva temática planteada en el campo de la educación en Venezuela, también puede ser considerada entre las más serias, en cuanto a la profundidad y sustentación científica del problema abordado. Esta circunstancia le permitió de igual modo, al doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, haber podido disponer del medio más apropiado para asegurarse el mejor debut de presentación formal como escritor. En realidad, si se analiza detenidamente el contenido de este libro dentro de su contexto de tiempo y oportunidad, y se tiene en cuenta la naturaleza del sector social y político hacia el cual fueron proyectadas sus lecciones, no hay riesgo de errar si al calificar dicha obra, se la cataloga como una demostración indiscutible de la trascendencia científica del magisterio de su autor. Se trata de una publicación que vino a ser también, su primera lección de proyección universal. A partir de la misma, tanto en el país como en el exterior, comenzará a reconocerse la vida y obra de este gran maestro, como una de las contribuciones de mayor importancia en el quehacer educativo del país. Con una frecuencia cada vez mayor, el nombre de Luis Beltrán Prieto Figueroa será en Venezuela una mención de rigurosa necesidad en cuantas ocasiones se desee abordar, con pertinencia y profundidad, la problemática y los aportes de nuestra educación en la búsqueda de soluciones efectivas y permanentes para superar los críticos déficits culturales padecidos por la mayor parte de los pueblos de América Latina. Su pensamiento y todas sus ejecutorias, aun en los campos más disímiles del acontecer humano tuvieron siempre una causa, un motivo, un impulso o, si se prefiere, un propósito vinculado con la educación. Tanto en sus actuaciones de presencia directa y personal, como también en todas las formas de expresión en las cuales se manifestó su prolífica producción literaria, ya en el ensayo como en el periodismo, la oratoria, la legislación o la poesía; en todas se hizo sentir como uno de los venezolanos de mayor profundidad en cuanto a la alta sensibilidad de su dimensión humanística. Siempre sobresalió entre las principales figuras que asumieron con mayor preocupación, acierto y sensibilidad, una dedicación permanente para estudiar y buscar soluciones apropiadas, a cuantos problemas afectaran el rendimiento de la educación del país, en toda la extensión de sus diversos aspectos.

Como intelectual dedicado a la poesía, pasó a ser una de las revelaciones más importantes legadas por la fuerza de su creatividad durante las últimas décadas de su vida y dentro del amplio universo de su prolífica producción literaria, se nos muestra también con una madurez lírica, digna de los mejores poetas de todos los tiempos. 

En algunas de sus poesías breves, Prieto demuestra la posesión de una excepcional facultad imaginativa que lo lleva a profundizar en la infinitud del hecho intelectual, para extraer de allí muchas de sus más geniales imágenes poéticas. Por ejemplo, es un deleite hurgar esa infinita sensación de delicadeza que nos brinda su poema Cicatriz, en el cual, en una sola metáfora, se dedica a mostrarnos, con la leve y sutil brevedad de aquella imagen lírica, la precisa incisión que realiza el bisturí afectivo, para colocar, en el momento necesario, la dosis precisa del bálsamo del amor, hecho consuelo, hasta sanar la herida abierta. Este es el poema: A la herida vacía / yo le pongo un centímetro de amor / y cicatriza. (Prieto Figueroa, 2002, p.163)

Su magisterio como humanista y político

Alguna vez, en una de sus clases como profesor de la asignatura “Historia de las Ideas Pedagógicas”, en la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, le escuché al ex-presidente guatemalteco Juan José Arévalo, la siguiente afirmación: “Las ideas pedagógicas sólo tienen alguna posibilidad de triunfar, cuando llegan al poder”. Son muchas las ocasiones en las cuales he reflexionado sobre aquellos puntos de vista en los que se pudo haber sustentado la certidumbre de esta sentencia, o sobre la intencionalidad en la que circunstancialmente se haya podido apoyar su autor, al momento de emitir tan enfática afirmación. En todo caso, en la vida pública del doctor Arévalo, sin desconocer ciertas instancias muy significativas de su actividad como educador, no se podría afirmar que haya prevalecido tanto la apasionada actitud y disposición pedagógica que, en el caso de Luis Beltrán Prieto Figueroa, sí constituyó una característica resaltante de todo cuanto en su larga existencia llegó a identificarse con su pensamiento y acción, como para señalar situaciones de paralelismo o semejanza, en la conducta social de estos dos personajes. No obstante, en cierta oportunidad, al evocar aquella expresión de Arévalo, sí me pareció haber percibido alguna cercanía de inquietud con Prieto.

En éste hubo siempre una gran preocupación por la superación y elevación del nivel sociocultural del maestro, como acción consustancial con cualquier propósito de mejorar la educación popular. Según él, el país no podría alcanzar nunca el pleno disfrute de una libertad absoluta, sustentada en la felicidad de todos sus ciudadanos y en el satisfactorio ejercicio de la democracia, si no disponía de una educación eficiente, orientada hacia la formación de una sociedad comprometida con el desarrollo integral de la totalidad de sus miembros y hacia la formación de un hombre debidamente capacitado para el correcto uso de sus deberes y derechos y, en un sentido más amplio, para el ejercicio y defensa de la democracia. Prieto se nos muestra más bien en estrecha cercanía con las ideas de Sarmiento que con las de cualquier otro ideólogo o educador americano de los dos últimos siglos. Prieto reafirmó aún más la pasión de su magisterio, cuando a base de internalizarse humana y científicamente en los poderes transformadores del proceso educativo, se convenció de que sólo mediante la defensa e implantación de una educación eficiente, era posible que el país superara sus bajos niveles de cultura y se pudiera garantizar al pueblo las fortalezas políticas y sociales indispensables, para el ejercicio pleno de la democracia. Esta posición la pone en evidencia cuando nos transmite, con clara e inequívoca actitud de convencido, la siguiente afirmación sobre el magisterio de Domingo Faustino Sarmiento:

Para mí el magisterio de Sarmiento, más que en sus obras de creación escolar, más que en las enseñanzas impartidas a unos alumnos transitorios, más que en los textos publicados para que aprendieran a leer los niños argentinos y de toda América, más que en todo eso, está en su vida, está en su actitud, en su permanente manera de proceder y en su inquebrantable propósito de crear un medio cultural donde fuera posible construir la democracia (Prieto Figueroa, 1968, p. 161).

Este sí es un pensamiento que tiene plena coincidencia con la posición sostenida siempre por Prieto en relación con la educación como función esencial para el arraigo de la democracia y al educador como elemento indispensable para alcanzar la consolidación permanente de esa aspiración. Por tales motivos, las luchas gremiales de Prieto siempre condujeron a arraigar en la mente del maestro la gran responsabilidad que a éste le incumbía en el proceso de formación de la cultura cívica del pueblo, porque según él, la democracia sólo podría concretarse cuando sus maestros tomaran conciencia exacta de la importancia de su misión en el seno de la sociedad y, en función de la misma, asumieran el control de su liderazgo para conducir al país hacia un mejor destino, donde el talento, la razón, la justicia y el orden, como soportes esenciales de todo sistema democrático, se mantuvieran sobrepuestos al desorden, la anarquía y la arbitrariedad.

Ahora bien, si en aquel llamado de Arévalo estaba implícita alguna expectativa de que las ideas pedagógicas pudieran llegar al poder, identificadas en los principios que dan fortaleza al hecho educativo, no hay duda de la existencia de cierta cercanía entre dicha sentencia y los sentimientos que rigieron siempre los pensamientos y la conducta de Prieto, en todos los actos de su vida y, principalmente, en su actividad de educador. La gran diferencia en las posiciones intelectuales de estos dos personajes parece estar, más que en el fondo del planteamiento, en la estrategia concebida para hacerlo realidad. Arévalo plantea como condición indispensable para alcanzar un dominio del poder por parte de las ideas pedagógicas, que éstas previamente lleguen a triunfar. Vale decir, que tengan autoridad y control sobre las diferentes instancias a través de las cuales la sociedad debe ejercer la plenitud de sus funciones. Pero pese a la fuerza emocional de tal posición, queda aún sin precisar cuál sería la suerte de las ideas pedagógicas, cuando se decidan a vencer las numerosas dificultades que, necesariamente deben enfrentar en su propósito, cuantos asuman la intención de hacer ese largo y penoso recorrido, implícito en toda lucha por el poder. Prieto, en cambio, sin desconocer cuánto vale el poder de las ideas, opta mejor por afincarse en el maestro, como el gran sujeto y actor indispensable, a través del cual sólo será posible conformar una firme y constante voluntad de lucha, que permita hacer valer los recursos de la educación, a la hora de querer concretar la poderosa acción transformadora de las ideas pedagógicas y lograr así, triunfar y ejercer a plenitud, los deseados privilegios de cualquier aspiración política y, por ende, del triunfo y vigencia de la democracia.

Según Prieto, la fortaleza indispensable que requieren las ideas pedagógicas para llegar al poder y ejercerlo con efectividad en provecho de la sociedad, no puede existir si no está apoyada en la capacidad de los maestros, porque para él, sólo son éstos quienes, a través de su función como educadores, están en condiciones de arraigar en la conciencia del hombre la importancia del respeto mutuo, del valor imponderable de la verdad y del saber, así como también del respeto y defensa de la libre expresión de las ideas como supremos valores en los cuales se debe sustentar toda democracia. Para Prieto, la salvaguarda y el respeto de los principios democráticos constituyen un problema de conducta. La conducta es un problema de actitudes. Las actitudes son problemas de formación y la formación es una facultad sólo alcanzable mediante la educación. Por eso en él, esta tarea de formar, inherente a todo proceso educativo viene a ser también, finalmente, una responsabilidad única y esencial de quien tiene la virtud y el don de ser maestro. ¡Vaya, si no! la siguiente reflexión que nos hace el propio Prieto en su obra La Política y los Hombres:

Ser maestro en este mundo, ser maestro en esta hora angustiada, ser maestro en este proceso de cambios tan extraordinario que está viviendo la humanidad, es un compromiso muy grande, porque al maestro corresponde desentrañar en el hombre lo que en él hay de más profundo, su resto de humanidad, para ponerlo a flote, para que no se ahogue, para que no se pierda, para que sea semilla del futuro, para que sea flor de esperanza en el mundo, para que sea fruto sazonado en una hora en que la angustia no es una fuerza creadora, sino destructora del hombre. Ser maestro ahora es una obra que está por encima de una gran cantidad de gente, pero ser maestro es también una extraordinaria oportunidad que nos brinda el país, que nos brinda la historia, que nos brinda el momento en que vivimos, porque nuestra función no es la del que cura, no es la del que construye máquinas, no es la del que siembra en los campos, es una obra donde el material es el hombre, es una obra en que la construcción no se eleva para ser vista desde lejos como los rascacielos, ni como el puente que puede ser atravesado por los automóviles, ni como los sembrados que pueden reverdecer y florecer y dar cosechas a un tiempo medido por el agricultor, señalado por la calidad de las semillas. La obra del maestro es una obra de futuro. (…) Por eso los maestros no se pueden desesperar porque ellos son los dueños de la esperanza, porque ellos son los administradores de la fe, los administradores del porvenir y el porvenir será siempre del tamaño de la ambición de un pueblo que crea la escuela para ponerla al servicio de la humanidad. (Ibid., p. 247)

Cuando Prieto aceptó, a finales de la década de los sesenta, el movimiento generado en el seno del magisterio, para promover su candidatura a la Presidencia de la República, lo hizo por respeto a un llamado de su conciencia que, en aquel momento, le imponía proceder en consecuencia con un sector tan calificado de la población, como lo eran para él, los educadores del país. La solidaridad de su gremio había venido siendo, desde 1936, la única fuerza segura en la cual siempre había confiado con la más absoluta firmeza, cuantas veces requirió respaldo para enfrentar las frecuentes dificultades que se le iban presentando, en su afán de buscar soluciones a cuantos problemas guardaran relación con el bienestar del país. Por esos motivos, en tal ocasión aceptó el compromiso, con la emocionada seguridad de estarlo haciendo en el momento preciso, pero también, de igual modo, con la convicción de estar muy distante de cuantos sentimientos pudieran asomar cualquier idea de ambición.

Si en esa larga trayectoria de la vida, todos sus actos han estado signados por una indeclinable vocación de servicio, en relación con los cuales su condición de educador ha pasado a ser el factor más decisivo para canalizar las vertientes sustentadoras de aquella pasión, bienvenida ahora esta gran oportunidad que le ofrece la patria, para servirla en tan suprema función. Sin duda alguna, la más trascendente que pueblo alguno pueda aspirar de cualquiera de sus hijos, como lo sería el ejercicio de la primera magistratura del país. Pero percibamos directamente en sus propias palabras, la sencilla humildad de aquella emoción, cuando le comunicaba a la gente de su ciudad natal, la nueva de aquella candidatura:

Anda por allí mi candidatura presidencial, no la busqué, fue propuesta por conterráneos de La Asunción, amigos de Margarita, compañeros de mi infancia, no la busqué. Estaba lejos de mi intención este ajetreo por la candidatura presidencial, pero vinieron a mí hombres y mujeres a decirme que Venezuela necesitaba un hombre de experiencia y de capacidad, de lealtades comprobadas, que asumiera la responsabilidad de tomar sobre sus hombros la candidatura presidencial, en representación del pueblo de Venezuela. Dudé un rato y un día y otro día, pero no pude negarme a la insistencia y aquí me tienen ustedes, sobre los hombros la candidatura que llevo con orgullo de margariteño, con lealtad cabal de venezolano y con dignidad de hombre y de ciudadano que sabe de sus responsabilidades y las pone a prueba en cada momento que le toca actuar. Por eso la candidatura presidencial mía, es una candidatura de pueblo. (Prieto Figueroa, 1968).

Precisamente allí estuvo el gran pecado. La suya era apenas, una simple candidatura de pueblo. ¡Era un maestro el candidato y era también el poder del magisterio su más fuerte base de sustentación! Imperdonable ingenuidad en una sociedad de caudillos. El era otro más entre aquellos románticos que, al igual de Rómulo Gallegos, se decidieron a remontar la cuesta ya explorada en los albores de la república por el doctor José María Vargas para retomar aquella esperanza implícita en su valiente aspiración de ver sustentado al mundo sobre “la ilustración y la virtud”. En este romántico empeño, Prieto percibía de igual modo, la sensación de fortaleza que le insuflaba aquella gran admiración sentida siempre por la ejemplar trayectoria de Domingo Faustino Sarmiento y por eso ahora, apoyado en la misma idea aspiraba también, como Bello y Sarmiento, garantizarle a Venezuela, su consecuente disposición de “Educar al Soberano”. Soñaba en fin, con ver florecer en su patria, la moral y las luces, hasta perennizar, la certidumbre de aquellos que fueron los más grandes deseos del Libertador.

Aun cuando no obtuvo la presidencia, a través de sus funciones en el Congreso y la Universidad, está considerado como uno de los principales constructores del país. Atendió y satisfizo sus requerimientos más urgentes, tanto en el orden jurídico como en su gran dimensión institucional, en todos los aspectos de su actividad política, social, científica y económica.

Una gran satisfacción espiritual, posible sólo en quienes poseen suficientes reservas morales y capacidad intelectual muy alta, lo hizo caer en cuenta de que su destino estaba más bien cercano al de Andrés Bello. Otro gran venezolano que por tener una formación absolutamente identificada con el mundo de la cultura, no pudo encontrar en su patria, a comienzos del siglo XIX, el ambiente más apropiado para desarrollar y, menos aún para profundizar, en los diferentes asuntos que en aquel momento ocupaban su atención. Por este motivo se vio obligado a buscar en el exterior, condiciones mínimas de vida para poder pensar y profundizar, de manera más útil y trascendente, el alcance de sus ideas. Bajo los efectos de este intenso trance de angustiosa incertidumbre cultural, su densa formación de intelectual pudo encontrar en Chile, cuanto le estaba haciendo falta para alcanzar a plenitud su definitiva realización como humanista integral.

Así se explica el constante y profundo interés de Prieto por la vida de Bello, a quien estudió y admiró con apasionada dedicación, hasta el punto de haber advertido y destacado siempre en él, grandes cualidades y hechos reveladores de una variada y excepcional capacidad intelectual, particularmente en lo relativo a su prolífica obra de educador. En este campo, aun cuando los dos tuvieron puntos de vista muy diferentes en cuanto a la forma de concebir la problemática educativa de la sociedad, dentro de sus respectivos contextos de espacio y tiempo, particularmente en aquellos aspectos concernientes a la importancia de la educación popular, no obstante, sí hubo entre ellos, indiscutible afinidad, en cuanto a la importancia que ambos atribuyeron a la educación como función esencial para promover y sustentar la transformación cultural de un país. En lo que guarda relación con esta idea, tanto Andrés Bello en el siglo XIX como Luis Beltrán Prieto Figueroa en el XX, desde la óptica propia de sus respectivas posiciones culturales, mantuvieron actitudes coincidentes, con respecto al expreso interés demostrado para resaltar la importancia de la esencialidad formativa del individuo como logro que ambos reconocieron ser resultante del proceso educativo. Del mismo modo tuvieron también evidentes coincidencias de convicción, en la ejemplar consecuencia con la cual asumieron la práctica de los principios sustentadores de la educación, para utilizarlos como bandera permanente de su apasionado magisterio.

Tal como Sarmiento y Bello construyeron patria y escuela al mismo tiempo, Prieto, que siempre estuvo muy bien nutrido en las ideas pedagógicas de estos dos próceres de la cultura americana, sólo concibió la posibilidad de garantizar para su pueblo el alcance y buen uso de la libertad, siempre y cuando éste pudiera adquirir conciencia de sus propias limitaciones y posibilidades y, en consecuencia, se empeñara en sustentar y valorar, como condición primordial para obtener el pleno disfrute de sus privilegios, el disfrute de una educación satisfactoria, a tono con sus necesidades y capacidades.

En este sentido, también como Sarmiento y Bello, no sólo lanza ideas para asegurar la pertinencia y oportunidad de su pensamiento, sino que hace propuestas e instrumenta planes para ponerlas en práctica. En  consecuencia con este pensamiento, igual que aquellos dos grandes educadores latinoamericanos, Prieto se erige en un auténtico defensor de la educación como función esencial para promover la transformación cultural de la Nación. Desde esta perspectiva y visto a la luz del desarrollo económico y social del país, en la década de los cuarenta, Prieto se destaca entonces como un verdadero revolucionario de la educación, cuando no sólo se empeña en establecer los principios sobre los cuales debía fundamentarse la nueva orientación filosófica que habría de regir la educación, sino que adelanta simultáneamente, ensayos y reformas dirigidos a consolidar las condiciones de pertinencia, equidad y eficiencia de la educación; aspiraciones éstas que, apenas ahora, comienzan a divulgarse mundialmente como ideas novedosas en las cuales se sustentan la mayoría de los cambios que estamos viendo como grandes innovaciones de los sistemas educativos durante los últimos tiempos.

El periodismo fue igualmente una actividad a través de la cual cumplió el doctor Prieto Figueroa una larga trayectoria de su magisterio, además del tiempo dedicado al ejercicio de la cátedra presencial. Su condición de educador integral predominó por encima de todas las demás actividades en las cuales ocupó su atención. Por eso no es tarea muy fácil establecer puntos precisos de separación entre el ejercicio convencional de su magisterio y esas otras obligaciones que fueron también objeto de su preocupación, durante el tiempo de su fecunda existencia. No obstante puede considerarse como lapso más preciso del desempeño de su actividad docente, desde el punto de vista formal, el período transcurrido desde el año 1920, cuando empezó como maestro de grado en la Escuela Federal “Francisco Esteban Gómez”, de La Asunción, hasta 1978, cuando se retiró como Titular de la Cátedra de Filosofía de la Educación, en la Universidad Central de Venezuela. El periodismo, que de igual manera constituía para él una tarea de indiscutible naturaleza pedagógica, lo ejerció del mismo modo como cátedra permanente de orientación integral, en la cual siempre tuvieron cabida cuantos asuntos guardaran relación con la proteica diversidad noticiosa de la actualidad, dentro del acontecer del país y del mundo. En esta actividad, su constancia comunicacional con el pueblo fue tan estricta en cuanto a pertinencia, puntualidad, seriedad y firmeza de opinión en los mensajes e ideas divulgados que, sin necesidad de usar recursos adicionales para ganar audiencia, logró hacer de la columna periodística de sus últimos tiempos, el vehículo más directo y eficaz para ejercer su magisterio. En este caso específico, por ejemplo, no fueron pocos los lectores de su columna “Pido la Palabra” en El Nacional, que solían comprobar cuándo era martes, por la inalterable puntualidad en su aparición. Y no era para menos, porque se trataba de una sección en la que el pueblo podía advertir una voz confiable que le indicara el rumbo, o también como una cátedra de orientación permanente para el alivio de su endémica ansiedad de justicia. Desde ella, sus asiduos lectores tomaban el pulso del acontecer nacional en muy variados aspectos de la vida del país y, por supuesto, principalmente en el campo de la educación.

En realidad, el periodismo y la actividad docente presencial fueron tareas cumplidas por Prieto con tan estricta puntualidad, que únicamente a la ocurrencia de circunstancias de excepcional naturaleza podría atribuírsele alguna interrupción de su frecuencia. En el caso de la docencia presencial, sólo llegó a retirarse formalmente de su ejercicio, 58 años después de haberla iniciado. Se mantuvo inalterable en el cumplimiento de dicha actividad por este largo lapso de casi seis décadas, tiempo durante el cual, ni la cárcel ni el exilio fueron obstáculos para interrumpir aquella interminable siembra de sabiduría que significó para él el ejercicio de la docencia. En cuanto se refiere al periodismo, hasta muy poco tiempo antes de morir mantuvo alerta a sus lectores de El Nacional, con la palabra que pidió y utilizó todos los martes, para decirle al pueblo que aún bullía en su sangre la emoción de ver al país erguido en su grandeza: sin analfabetos, sin miseria, sin rasgos de pesimismo; dueño de su destino y fortalecido en la esperanza de lograr un futuro más próspero, en el cual, las aspiraciones de sus hijos no encontraran más impedimentos para hacerse realidad que las del propio límite de sus capacidades; un país donde finalmente, la educación y la cultura sean estímulo del imperio de los valores éticos para que, de una vez por todas, podamos complacer al Libertador, haciendo de la moral y las luces, las principales fuerzas de sustentación de su grandeza.

Referencias

1. Luna, J. R. (1985). Boceto para una Semblanza de la Tierra y del Hombre. El Mácaro: Talleres gráficos del Centro de Capacitación Docente.         [ Links ]

2. Prieto Figueroa, L. B. (1932). Labores de la Primera Convención Nacional del Magisterio Venezolano. Revista Pedagógica (FVM). N° 1, 142-148.         [ Links ]

3. Prieto Figueroa, L. B. (1965). Psicología y canalización del instinto de lucha. (Biblioteca Popular Venezolana, N° 101). Caracas: Ministerio de Educación.         [ Links ]

4. Prieto Figueroa, L. B. (1968). Discurso de cierre de campaña pronunciado en La Asunción, en 1968, como candidato a la Presidencia de la República. Caracas: Federación Venezolana de Maestros.         [ Links ]

5. Prieto Figueroa, L. B. (1968). La política y los hombres. Caracas: Grafarte, C.A.         [ Links ]

6. Prieto Figueroa, L. B. (2001). Verba Mínima, Telaraña. En E. Subero (Comp,). Obra poética de Luis Beltrán Prieto Figueroa. Caracas: UPEL.         [ Links ]